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EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA: LA JUSTICIA, LA VERDAD Y LA BONDAD POR SOBRE TODAS LAS COSAS

            Yo voy a hablar acerca de este libro que se llama El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, escrito por el gran “Manco de Lepanto”, don Miguel de Cervantes Saavedra, que nació en Alcalá de Henares; probablemente, un 29 de septiembre de 1547.

            Puedo hacerlo de dos maneras: la primera, la de siempre, que es un tanto mentirosa. Empezar diciendo: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín  flaco y galgo corredor…”; y luego, contar las mil y un aventuras que vivió este personaje ilustre junto con su fiel y recordado escudero Sancho Panza.

            Pero prefiero hacerlo de otra manera: la honesta que por honesta es diferente, verdadera. Decir que no he podido leer todo El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y que mienten aquellos que dicen haberlo leído todo, porque necesitarían demasiado tiempo para hacerlo. Yo me he defendido leyendo esta versión de Antares, que como ustedes ven es algo más delgada.

Y quiero empezar contándoles  que de todas las aventuras que vive nuestro personaje, una vez que ha salido luego de acomodar sus armas y su vieja armadura, llamar Rocinante a su esquelético rocín, conseguir que su vecino Sancho Panza se convierta en su escudero y ser armado caballero con todas las leyes de la caballería andante, me gusta en especial su pelea contra los molinos de viento. Y me gusta porque aquí en Quito en la calle Amazonas a media cuadra de la Eloy Alfaro, hay un café bar que se llama Los Molinos del Quijote, y cada vez que miro las aspas de ese molino, me imagino al pobre hidalgo, todo él seco de carnes, volar por los aires y caer maltrecho y adolorido para que Sancho Panza le cure y le anime. Y me agrada esta aventura porque hoy, hay otros molinos de viento que debemos derribar como son: la guerra, el hambre, la discriminación racial, la pornografía, la corrupción y que debemos derribarlos con las armas del amor y del trabajo. Me encanta esa otra aventura cuando se enfrentó a un león al que hizo liberar de su jaula solo para poder demostrar su valentía, y que de no ser por la suerte lo hubiera dejado despedazado

            Y así podría narrar un sinfín de historias de Don Quijote, pero quiero contarles una aventura final que no se halla en esta  versión ni en esta otra. Esta aventura la vi en un video que mi padre tiene acerca de El hombre de la Mancha  que presentó la Compañía de Arte de Buenos Aires, aquí en Quito, en el escenario del Teatro Sucre. Con esta historia quiero rendir mi homenaje a todas las mujeres presentes; puesto que  hoy  es el día de la mujer.

            Imaginamos a nuestro querido Quijote que regresa a su casa triste y alicaído  pues ha sido vencido en dura batalla por el Caballero de la Blanca Luna, quien no es otro que su amigo el bachiller Sansón Carrasco, quien buscaba por todos los medios que don Quijote regrese a su casa. Retorna junto con Sancho Panza quien ha renunciado a su gobernación de la ínsula Barataria.

            El Quijote sabe que va a morir, llama al notario y dicta su testamento, junto a su lecho se hallan su sobrina, su ama, Sansón Carrasco y el fiel Sancho, quien con lágrimas en los ojos le dice que pronto se sanará y volverán a correr aventuras. El Quijote contesta: ¡No, no habrá más aventuras! Yo  fui loco y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha y ahora soy Alonso Quijano, el Bueno”.

            De pronto  se escucha una algazara, alguien desea entrar a ver al Quijote y éste accede a ver al visitante. Se trata de Aldonza Lorenzo. Ella se acerca a  la cama, coge entre las suyas las manos del Quijote y le dice:
¿Señor, no se acuerda de mí? Yo soy Aldonza, la campesina a quien usted dio un nuevo nombre.
El Quijote incorporándose en su lecho pregunta:
¿Qué nombre te di?
Y Aldonza llorando le contesta: ¿Señor, usted me llamó Dulcinea y con esa palabra sola cambió mi vida para siempre, porque al llamarme Dulcinea,  con respeto, con amor,  me hizo comprender que no importa ser rica o pobre, una dama o una campesina, sino ser una mujer llena de amor, digna y altiva, porque entendí que en la vida no importa ganar o perder sino ser fiel a un ideal.
El Quijote, con voz trémula dice: “¿todo esto no ha sido un sueño ni una locura?
¡No!, contesta Aldonza. Todo esto más bien ha sido la vida misma.
           
            Pide entonces sus armas, se incorpora, se pone su celada, llama a Sancho, cabalga de nuevo en su rocín flaco y sale en busca de otras injusticias que deshacer, de otros sueños que conquistar, porque amigas y amigos el Quijote sigue vivo, está  presente, aquí, en esta sala y en todos los lugares en donde se busque la justicia y la verdad.

            El Quijote seguirá siempre en pie cuando se luche por un ideal o cuando se levante la cabeza en lugar de doblar la espalda, cuando se hace de la bondad un escudo y cuando somos capaces de decir con él:

“Con fe lo imposible soñar,
al mal combatir sin temor,
triunfar sobre el miedo invencible,
en pie soportar el dolor.
Amar, la pureza sin par,
buscar la verdad, el error,
vivir con los brazos abiertos,
creer en un mundo mejor,
y luchar hasta el último aliento
por ser siempre fiel a un ideal”


Señores, señoras, muchas gracias.

Sofía Rengifo Hidalgo
Cuarto Curso FIMA



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